Innocent Killers ★★

Otro de esos what the fuck que uno puede ver en la sección oficial del Festival de Málaga, convertida a veces en templo de los mercaderes para productos de estreno próximo, si bien, siendo honestos, no se llegue en esta ocasión al irrisorio nivel de otras propuestas.

Realmente no faltan ideas en la cinta de Bendala, y la mezcla de intriga y comedia negra -cabe preguntarse si voluntaria o no en algunos momentos- resulta interesante. Pero la acumulación de sin sentidos que van articulando la trama y, sobre todo, un desacierto en la elección del reparto que merecería la cadena perpetua para la directora de casting, tiran por tierra cualquier mérito que pudiera encerrar el proyecto original. Con la honrosa excepción de Miguel Ángel Solá, cuyo estupendo trabajo hace bueno aquello de que la experiencia es un grado, nada en este apartado es verosímil. Quién en sano juicio puede tragar con que la pléyade de rostros televisivos que lo conforman -y que han sido escogidos únicamente por su tirón entre el público más joven- sean aún estudiantes cuando la mayoría de ellos tienen edad para ser, como poco, bedeles de la facultad.

Es una pena emborronar así una cinta que, ya digo, deja entrever ideas interesantes y que además cuenta con una factura notable. Es por ello que servidor no puede evitar preguntarse hasta qué punto el resultado final no se debe más a imposiciones de los que manejan el dinero que a otra cosa. Pongo por caso los últimos compases del film, donde supera la barrera del ridículo con un cierre que podría patentar el concepto de final ultrafeliz, aun a costa de arramplar con la poca credibilidad que quedara a esas alturas. Al parecer, lo que vemos no estaba en el guión, y de ahí, entre otras cosas, mi sospecha de la existencia de una mano negra en labores de producción, ávida de hacer caja contentando a todos los targets al precio que sea.

¿Es entretenida Asesinos inocentes? Por supuesto. Resulta imposible que uno llegue a aburrirse cuando en la pantalla no dejan de pasar cosas, a cada cual más descabellada. El problema llega cuando bajo tal pifostio uno intuye la intención de ser tomado en serio sin tener a la vez muy claro quién es el interlocutor. Porque, vamos a ver, ¿a qué público se dirige Bendala? A las y los adolescentes que claman por las caritas de Maxi Iglesias y Luis Fernández, a los que se pretende enganchar a golpe de sorpresa, o a ese otro espectador más adulto al que apela su discurso moral. A mí, sinceramente, aún no me queda claro.

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