Portrait of a Lady on Fire ★★★★★

En Retrato de una mujer en llamas, la directora Céline Sciamma nos transporta al fin del siglo XVIII para relatar, desde la memoria, el romance de una artista (Marianne) encargada de cerrar un acuerdo nupcial, pintando el retrato de una joven (Heloïse) al seno de una familia aristócrata en decadencia ubicada en una recóndita isla bretona.

Dada la naturaleza del acuerdo, la segunda se opone al mismo y rechaza el hecho de ser inmortalizada en lienzo para ser entregada a un hombre desconocido, lo que dificulta la tarea de la retratista, quien debe plasmar su presencia en secreto. Pero la examinación artística deviene lentamente en una ferviente y mutua atracción que vemos desenvolverse a través de la mirada clínica y minimalista de la directora.


Construir el amor

Esta premisa nos plantearía un enorme conflicto al poner a su centro una narrativa lésbica en un contexto determinantemente represivo para su surgimiento, pero la película se desvía del relato del amor imposible entre mujeres y sus implicancias trágicas, virando hacia una ilustración épica y política del deseo consentido, construido de manera horizontal y despojado de cualquier disparidad entre ellas y sin hacer foco en las repercusiones sociales y el flagelo que supondría el amor que comparten.


Ambas protagonistas, como el resto de las mujeres de la época —y de la nuestra también— se ven atravesadas por un sistema que las subyuga: Marianne como artista en un mundo patriarcal, se rige por las normas que los hombres aplican, informando su trabajo; y Heloïse, criada en un convento y arrancada de este para ser sometida a un matrimonio arreglado, no tiene voz ni voto en cuanto a la planificación de su vida se trata. Tras el descubrimiento de las tareas de Marianne y la tan esperada revelación del primer retrato, la consternación de Heloïse es evidente e increpa a su ilustradora: ¿Así es como me ves?
Esta versión estilizada de la aristócrata es justificada por aquellas reglas, convenciones e ideas impuestas en Marianne y es destruida. A partir de este momento su vínculo sufre un cambio total al comenzar juntas una nueva versión del retrato. A pesar de estar condenadas (por la historia del cine) a reproducir la clásica relación artista-musa, su dinámica se convierte en colaboración artística y romántica: El mundo pasa de definirse en base a cómo ellas son vistas por él, a estar determinado por cómo ellas lo ven y cómo se ven entre sí.


Construir la realidad

Además de sumergirse en el desarrollo de una historia de amor, la película se toma su tiempo arrojando luz sobre instancias de relajación y disfrute de las mujeres que habitan en ella. Juegan a las cartas, polemizan sobre literatura (el mito de Orfeo y Eurídice), bordan, toman alcohol y organizan fiestas a la luz de la fogata en donde uno de los personajes, literalmente, arde en llamas.

Como el cine y el arte producen aquello que afirman representar, es inviable filmar la realidad porque esta es irreproducible. No es factible si quiera aproximarse y cualquier intento de calcar los sucesos de la cotidianeidad sólo resultaría en una simulación —exitosa o no— o en una fabricación de signos que pretenderían hacerse pasar por aquello que es "verdadero". El epítome de esta idea es la escena de un aborto que toma lugar en una claustrofóbica y oscura casa, momento que es luego inmortalizado en una pintura por las mujeres de manera colectiva, evocando la tarea que toma la realizadora y su equipo al filmar varios elementos "inéditos" para la mayoría. No tenemos otros puntos de referencia para varios de estos instantes que experimentamos, más que los que nos propone Sciamma, para poder determinar si estos podrían o no haber sucedido, porque no existen en la representación y faltan en la historia. En palabras de la directora: no hay pintura de época en ningún museo del mundo llamada "El Aborto".

No tiene espacio para indagar en la influencia de figuras de opresión en sus vidas y aunque parecieran estar ocultas, lejos están de desaparecer o ser negadas: la jerarquía social, la imposibilidad del acceso al arte (la música existe sólo en la Iglesia), la inminencia del matrimonio y un embarazo no deseado.
Pinta el retrato de un potencial universo en el que son emancipadas de sus corsets por un determinado período de tiempo.

La cultura es la expresión simbólica de la opresión material capitalista. La industria cinematográfica, estando monopolizada por grupos capitalistas, sólo opera como el resto de las instituciones que garantizan el orden social (el Estado, la Iglesia, la familia, la escuela), por lo tanto resulta fundamental disputarnos y apropiarnos de este espacio: la cuestión no es si las imágenes y conceptos planteados son plausibles o están correctamente manifestados, sino quiénes elaboran estas historias sobre nuestras vidas, sobre la base de qué concepción política lo hacen y con qué finalidad.

La virtud de Retrato de una mujer en llamas no recae en su verosimilitud o su ilustración de una realidad posible o de aquello que le preexiste, sino en el hecho de tomar por asalto las salas de cine para construir nuevos imaginarios y contra-ficciones para combatir un sistema que nos oprime, trazando las líneas de otra realidad que considera necesaria y urgente: "un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres" para amar.

Valentina liked these reviews

All