Tenet ★★★★½

“Este mundo en el que vivimos es crepuscular, y no tenemos amigos en el ocaso”. Una frase del prólogo de Tenet (el mejor opening de toda su carrera) define la última temeridad de Christopher Nolan, una que nivela su ego con su talento en niveles donde la crítica poco puede hacer.

La película es espionaje, James Bond, Jason Bourne y Ethan Hunt en su capa más superficial, pero su visión de los vínculos humanos, de la posteridad y de dejar huella son los conceptos que hacen a Tenet un filme distintivo y que confirman a Nolan como un alma creadora única.

Dicho esto, que es básicamente la revisión de la sangre y tejidos de Tenet, su piel es lo que verdaderamente crea adicción y emboba. Es una disparate brutal cómo está rodada, y un caos inimaginable cómo ha tenido que ser su montaje. Literalmente no sabes cómo lo ha hecho.

Y esto es una gran noticia, porque primero es una superación personal y señal de que Nolan no se conforma nunca, pero segundo porque es de su filmografía la que tiene la acción más depurada e impactante. Set pieces escandalosas y notables coreografías de lucha. Madurez palpable.

El personaje más interesante es de Elizabeth Debicki (es el gancho más importante del guión), el más cómodo (como si hubiese trabajado 7 años con Nolan) es Robert Pattinson, pero el mejor es John David Washington. Su dedicación y su denuedo son envidiables, y no solo en la brega.

Y no hay que mirarla como mejor ni peor dentro de su obra. Christopher Nolan es un artista que trabaja en la superación personal, en el reto del descubrimiento progresivo de sí mismo. Es un inventor, y con Tenet se ha vuelto a superar. Él ha ganado, y por ello hemos ganado todos.